lunes, 14 de enero de 2008

Jóvenes y vida consagrada

Paco


Encabezando el bloque, presentamos a Paco Egea; él tiene veinticuatro años y hace un año profesó sus primeros votos en la “Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar, actualmente estudia teología en la Universidad Pontificia de Comillas y vive con una comunidad que anima una parroquia en Madrid.


Él mismo nos habla sobre su proceso de discernimiento de su vocación:


- Ante la suerte de crecer en un hogar cristiano, con unos padres que se preocuparon de la educación religiosa de sus hijos, huyendo de cualquier tipo de imposición. Siendo un niño, conocí a mi Congregación a través de una pequeña parroquia que anima en San Fernando (Cádiz), mi ciudad natal. Esto me permitió conocer de cerca la vida que llevaban los hermanos y verlos como “gente normal”, más aún, como personas felices y realizadas.


Más tarde, fue un hermano de la Congregación quien me hizo ver que había otras opciones posibles. Después de un tiempo, opté por la vida religiosa porque estaba convencido de que en ella podía ser feliz, porque podía servir a otras personas y trabajar por el Reino y, ante todo, porque creo que es aquello que el Señor quiere para mí. Esto es lo principal, la piedra sobre la que se construye la casa, lo que me ha sostenido a lo largo de estos tres años.


Es cierto no es mucho tiempo de vida religiosa. Aún me quedan muchas cosas por vivir y descubrir en esto de la vida religiosa consagrada, y quizás necesite toda una vida para hacerlo. Nuestras Constituciones dicen que la consagración consiste en hacer propias las actitudes, opciones y tareas que llevaron a Jesús hasta la cruz, para lo que María se alza como modelo de fe en el Amor… [¡Ahí es nada!] Yo, hasta el momento, siento que no he hecho más que paladear tímidamente este estilo de vida, y es ahora cuando noto que empiezo a degustar cada uno de sus distintos sabores.


Poco a poco voy descubriendo que la vida religiosa tiene un sabor dulce gracias a la vida comunitaria, a la oración y a la Eucaristía. La primera, cuando se cuida, se convierte en un espacio donde compartir tu vida, tus preocupaciones y alegrías; y desde el ser enviado a una misma misión. De esta manera uno nunca se siente solo, sino vinculado a personas a veces muy distintas, ya sea por edad, procedencia o carácter; hombres y mujeres, pues mi Congregación tiene una rama masculina y otra femenina. Todo esto ha dado lugar a una experiencia gozosa que ha hecho que pronto fuese incapaz de entender mi vocación sin la comunidad.


Por supuesto, la oración y la Eucaristía se presentan como lugares privilegiados donde poder descubrir este sabor en la vida religiosa. Si lo fundamental en la llamada está en saber lo que Dios quiere para cada uno, la oración (vocacional y diaria) se presenta como un ingrediente imprescindible, que nutre todo lo demás, y que permite medir la calidad de la respuesta. El modo de oración propio de mi Congregación es la adoración. Ella me sitúa frente al Amor y abre mi corazón a las necesidades del mundo. Celebrar la Eucaristía me ayuda a caer en la cuenta de que es el Señor quien me invita a sentarme a su mesa y abrazar este estilo de vida.


La vida religiosa también debe tener gusto a sal, pues eso está llamado a ser en medio del mundo. A mi alrededor observo a hermanos volcados en tareas pastorales con un ritmo que casi siempre les recorta horas de sueño, otros que en la edad de la jubilación continúan trabajando, sabiendo que aún le quedan muchos años más al pie del cañón. En ellos me fijo para llevar a cabo las tareas que se me encomiendan, porque el trabajo nunca es de uno. Personalmente, vivo el apostolado como una proyección de todo lo anterior, pues sólo se puede dar de lo que se tiene, y lo que yo tengo es lo que Dios me regala a través de la comunidad, la oración y la Eucaristía.


Pero, a pesar de todo esto, la vida religiosa a veces puede tener un sabor un tanto amargo. Las limitaciones y debilidades -ya sean personales, del que está al lado o congregacionales-, así como las situaciones de injusticia o de dolor con las que uno puede encontrarse, no suelen dejar un buen sabor de boca y fácilmente producen rechazo y deseos de abandono. Mi experiencia me dice que es necesario aprender a aceptar estas imperfecciones, dejar que toquen el corazón y presentárselas al Señor, entrando en una dinámica pascual que transforme lo amargo en dulce.


Estos han sido, descritos a grandes rasgos, los elementos que han marcado mi experiencia de vida religiosa, por la que doy gracias a Dios. Pero a pesar de conformar un delicioso menú, la vida religiosa no entra dentro de una oferta de comida rápida, que, por desgracia, es lo que hoy se impone dentro del mundo de las opciones personales. Por suerte sigue habiendo gente que busca algo más. Sólo deben dejarse sorprender por ella, y después tener un poco de paciencia mientras se educa el paladar. Entonces podrán disfrutar de un banquete toda la vida. Yo ya lo hago.

3 comentarios:

Miguel dijo...

a seguir disfrutando y saboreando esta estupenda comida con el mejor Anfitrión y los comensales más extraños que hayamos encontrado...
¡Buen provecho Paco!

José Ignacio Pedregosa dijo...

Miguel: Gracias por tu comentario, espero que Paco lo haya visto ya. Bueno no sólo Paco, sino toda la cuadrilla de Comillas. Un saludo para todos ellos y un abrazote para ti. Espero que sigáis visitando el blog.

Pepe

Mario dijo...

Esta es la primera parte de cinco, pues son cinco personas quienes me han apoyado con su colaboración.
Muchas gracias Paco, que tu testimonio sirva para que otros vean la Vida Religiosa como una opción de vida capaz de hacer que la persona alcance, su plenitud de vida.