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martes, 29 de noviembre de 2011

¿Por qué los jóvenes dejan la Iglesia?

Nos hacemos eco en nuestro blog de la siguiente noticia aparecida en Zenit el pasado lunes día 28. (www.zenit.org). Nos ha parecido lo suficientemente interesante como para hacernos reflexionar.

Se sabe que muchos jóvenes dejan de asistir con frecuencia a la Iglesia. En el libro You Lost Me: Why Young Christians are Leaving the Church ... and Rethinking Faith, (“Me has perdido: ¿por qué los jóvenes dejan la Iglesia... y se replantean la fe”), de Baker Books, se analiza una investigación estadística efectuada por el grupo Barna para descubrir cuáles son las razones por las que los jóvenes se alejan de la Iglesia.

Los autores, David Kinnaman y Aly Hawkins, han trabajado con una amplia gama de datos estadísticos y han indicado tres problemas que hay que considerar cuando se observa la situación de los jóvenes:

1. Las iglesias se comprometen con los adolescentes pero después de la confirmación muchos jóvenes no vuelven y pocos comienzan a participar como adultos seguidores de Cristo.

2. Los motivos por los que las personas abandonan la Iglesia son distintos, por tanto es importante no generalizar sobre las nuevas generaciones.

3. Las iglesias tienen una cierta dificultad en la formación de una nueva generación que siga a Cristo, a causa de una cultura que cambia con mucha velocidad.

Kinnaman explicó que no se trata de una diferencia generacional. No es verdad que hoy los adolescentes sean menos activos en la Iglesia que en tiempos anteriores. De hecho cuatro de cada cinco adolescentes en América pasan parte de su infancia y adolescencia en una congregación cristiana o en una parroquia. Lo que sucede es que la formación no es bastante profunda y se diluye cuando se llega cerca de los veinte años.

Tanto para los católicos como para los protestantes la franja de edad de la veintena es la menos comprometida cristianamente, con independencia de su anterior experiencia religiosa.
El problema principal es la relación con la Iglesia. Más que luchar con la fe en Cristo, los jóvenes dejan de participar institucionalmente.

Un factor importante que influencia a los jóvenes actuales es el contexto cultural en el que viven. Ninguna otra generación de cristianos, sostuvo Kinnaman, ha vivido cambios tan profundos y rápidos en el ámbito cultural.

En el transcurso de las últimas décadas ha habido enormes cambios en los medios de comunicación, en la tecnología, en la sexualidad y en la economía. Esto ha llevado a un grado mucho mayor de complejidad, fluidez e inseguridad en la sociedad.
Teniendo en cuenta estos cambios, Kinnaman usó tres conceptos para describir la evolución de esto: acceso, alienación y autoridad.

Por lo que respecta al acceso, destacó que el surgimiento del mundo digital ha revolucionado el modo en que los jóvenes se comunican entre ellos y obtienen informaciones. Esto ha llevado a cambios significativos en el modo en que la generación actual se relaciona, trabaja y piensa.

Esto tiene un lado positivo, en el sentido en que Internet y los instrumentos digitales han abierto inmensas oportunidades para difundir el mensaje cristiano. Sin embargo no hay más acceso a otras visiones culturales y de valores, con una reducción de la capacidad crítica de valoración.

En relación con la alienación, Kinnaman observó que muchos adolescentes y jóvenes adultos sufren un aislamiento en sus familias, comunidades e instituciones. El alto número de separaciones y de divorcios, así como de nacimientos fuera del matrimonio hacen que sean cada vez más las personas que crecen en ámbitos no tradicionales, es decir en contextos donde la estructura familiar no existe.

Según Kinnaman, muchas iglesias no disponen de soluciones pastorales para ayudar de un modo eficaz a los que no siguen el recorrido tradicional hacia la edad adulta.

Además, muchos jóvenes adultos son escépticos sobre las instituciones que en el pasado modelaron la sociedad. Este escepticismo se transforma en desconfianza hacia la autoridad.

Una tendencia al pluralismo y la polémica entre las ideas contrastantes prevalece sobre la aceptación de la Escritura y de las normas morales.

Kinnaman destacó que la tensión entre la fe y la cultura y un debate animado puede tener un resultado positivo, nuevos enfoques por parte de las iglesias.

Analizando las causas del alejamiento de las iglesias por parte de los jóvenes, Kinnaman admitió que esperaba encontrar una o dos grandes razones, sin embargo descubrió que hay una gran variedad de frustraciones que lleva a las personas a abandonar.

Algunos consideran su iglesia como un obstáculo a la creatividad y la auto-expresión. Otros se aburren a causa de enseñanzas superficiales y lugares comunes.
Los más intelectuales perciben una incompatibilidad entre fe y ciencia.

Por último está la percepción de que la Iglesia impone reglas represivas por lo que respecta a la moral sexual. Además las actuales tendencias culturales que enfatizan la tolerancia y la aceptación de otros valores se enfrentan con la pretensión del cristianismo de poseer la verdad universal. Otros jóvenes cristianos dicen que su iglesia no les permite expresar dudas. Y que las respuestas a estas dudas no son convincentes.

Kinnaman descubrió también que en muchos casos las iglesias no consiguen instruir a los jóvenes de una forma profunda. Una fe superficial deja a los adolescentes y a los jóvenes adultos con un conjunto de creencias vagas y una incoherencia entre la fe y su vida cotidiana. Consiguientemente muchos jóvenes consideran el cristianismo como aburrido e irrelevante.

Al final del libro Kinnaman da algunas recomendaciones sobre cómo solucionar la pérdida de tantos jóvenes. Hay una necesidad de cambio en el modo en el que las viejas generaciones se refieren a las generaciones más jóvenes.

También invitó a redescubrir el concepto teológico de vocación con el fin de favorecer una consideración más profunda por parte de los jóvenes de lo que Dios tiene en mente por su vida.

Finalmente, Kinnaman destaca que necesitamos dar prioridad a la sabiduría respecto a las informaciones. “Sabiduría --explicó- significa la capacidad de relacionarse correctamente con Dios, con los demás y con la cultura”.

martes, 22 de julio de 2008

Monasterio de Santa María de Huerta

Silencio, sosiego, acogida, fraternidad, donación gratuidad... Son algunas de las características que se viven en un monasterio. Acabo de volver de uno de estos oasis espirituales, el Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta. Junto a otras quince personas, durante tres días, he podido disfrutar y vivir intensamente la vida monástica y la oración. Tres días que me han parecido unas pocas horas.

Cuando uno atraviesa la puerta del monasterio, te recibe el hermano hospedero con una gran sonrisa, con una amabilidad inusual y con una fraternidad que parece que nos conocemos desde siempre. Con mucha tranquilidad y sin prisa te ayuda a instalarte en la hospedería y te anuncia que puedes compartir con ellos la hora de vísperas que será a las 18:45 hs. Te impresiona entrar en la pequeña capilla, formada por el pasillo del claustro superior al claustro herretiano. Pronto podrán, concretamente hoy, disfrutar de la nueva capilla. El canto fluido pero lento, las voces unidas y acompasadas de los monjes, la participación del cuerpo con las inclinaciones y de la mente en la escucha de las palabras que brotan del corazón. Siete veces al día se encuentran en la capilla para entonar salmos de alabanza y acción de gracias en honor del Uno y Trino, creador de todas las cosas y amante incondicional del ser humano.

Principalmente dos, fueron los momentos que más me impresionaron. La hora de vigilias (a las cinco de la mañana), todavía cuando el mundo está en tranquilo letargo, las voces de los monjes se elevan en alabanzas al Creador y meditan la Palabra de Dios y de los Santos Padres. La hora de Completas (a las 20:45), justo antes de entregarte al merecido descanso nocturno, casi al final, se apagan todas las luces, se enciende una candela a la Reina del Monasterio, a María, nuestra Madre, Maestra y Reina, y se entona la Salve en honor de aquella que es «vida, dulzura y esperanza nuestra». El Padre Abad te da la bendición y «ya puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador».

He visto en estos monjes a otros «Pablo vivo hoy». Son el Pablo de la oración incesante, el Pablo de la alabanza continua, el Pablo del desierto de Arábia, el Pablo que trabaja con sus propias manos (los monjes de Huerta elaboran mermelada y dulce de membrillo), el Pablo que intercede por todos sus hijos e hijas.

Queridos hermanos del Monasterio de Santa María de Huerta, gracias de todo corazón por mostrarme, compartir y dejarme vivir durante unos días la espiritualidad y la oración monástica.

Nota: las fotos están tomadas de la página web del Monasterio.

jueves, 27 de marzo de 2008

DOS MESES O ALGO MÁS

Así es. Ese es el tiempo transcurrido, más o menos, desde que iniciamos el blog. En este período la familia de COMUNICANDOTE, ha crecido un montón. Algo más de 900 personas habéis visitado el blog, desde el 6 de febrero que comenzamos a contabilizar.

Como recordaréis, el blog nació como un elemento de comunicación entre aquellas personas que frecuentabais las diversas actividades que organizaba el Equipo de Pastoral y Formación de la Sociedad de San Pablo (talleres, cineforums, cursos, conferencias, encuentros...). Todas ellas relacionadas con el mundo de los medios de comunicación.

No obstante, el blog estaba llamado a una vocación más amplia, aunque en un principio no lo supiéramos. Esa vocación es la que le habéis dado vosotros, queridos lectores. Dentro del blog y en comunicaciones personales nos habéis hecho llegar vuestras inquietudes y preferencias y además de los temas de medios de comunicación os habéis interesado por la vida consagrada, los jóvenes, el año paulino, la Palabra de Dios, espiritualidad, vocación, ecumenismo... Pues bien, a todos estos temas queremos dar cabida en el blog, sin olvidarnos de los medios de comunicación social o de la cultura de la comunicación.

Todos los temas que hemos reseñado más arriba tienen su razón de ser en un blog que nace con la pretensión de ser un canal de comunicación. Entendiendo ésta en sentido amplio o en su pleno sentido: la acción de comunicar; y comunicar es hacer partícipe a otra persona lo que uno sabe, piensa, tiene, lleva dentro... Algún especialista, como Francisco Javier Davara, podría decirnos que comunicación es aquel proceso de transmisión e intercambio de mensajes entre los seres humanos.

Gracias a todos aquellos que de alguna u otra manera hacéis realidad nuestro sueño que es el vuestro: ser canales de comunicación. Hasta pronto y esperamos que sigas COMUNICANDOTE.

En las fotos puedes ver a los miembros del Equipo que hacemos realidad este blog.

lunes, 11 de febrero de 2008

Jóvenes y Vida Consagrada V

Como todos vosotros sabéis, mi dedicación a los medios de comunicación tiene su razón de ser en el carisma propio de mi Congregación, que se realiza en la evangelización con y desde los medios de comunicación social y de la cultura de la comunicación. Pero, existen otros muchos modos de evangelizar y de llevar la Palabra de Dios a la sociedad contemporánea. Además creo que la vida consagrada es una de las grandes desconocidas de nuestro tiempo. Estas razones son las que me han llevado a publicar en el blog una serie de testimonios, recogidos por un hermano de mi Congregación, Mario Herrera. Con ellos, el Equipo de Pastoral y Formación de la Sociedad de San Pablo pretendemos dar a conocer a todos aquellos que accedais al blog algunos de los carismas presentes en la Iglesia y cómo lo están viviendo jóvenes de nuestro tiempo. Estos testimonios esperamos sirvan para un mayor conocimiento de la vida religiosa y su razón de ser dentro de la Iglesia.



Un reto de cara al futuro en manos de las nuevas generaciones



Experiencia de vida
de cinco jóvenes
que se han atrevido
a decir: "Sí".















Por: Cl. Mario Herrera Ramírez, SSP

La vida religiosa consagrada va cambiando de perspectiva y tiene que hacerlo, pues aún cuando la secularización de las sociedades europeas no deja ver esta opción como una expectativa de vida ni como una opción que permite la realización total de la persona, todavía existimos jóvenes que consideramos el servicio a los demás de vida como la razón de nuestro ser y nuestro existir.

El ser que vive y goza de la cultura del bien vivir, sin aceptar ningún tipo de compromiso que pueda llevarlo a pensar en el otro, corre el peligro de caer en el egoísmo y en la insatisfacción. En este momento histórico, el que un joven piense en dedicar su vida entera a pensar en otras personas y no sólo en sí mismo, puede sonar a disparate, puede pensarse, ¿por qué no el voluntariado? Compromiso por un tiempo y luego, ¡hala, a casa! Cuando no se piensa de esa manera, es porque la exigencia de Dios es mayor, Dios cuanto más nos da, más nos pide, pero nos pide, no para él, sino para los demás.



Tal parece que el modelo de la vida moderna y de bienestar no consigue traer consigo el tan anhelado y preciado bien llamado felicidad. Yo creo que todo joven y todo ser humano en general, busca darle sentido a su vida. Cada quien va en la búsqueda de su plena realización, de esta manera intenta trascender su ser de persona, pero… ¿puede alcanzarse tal plenitud en este estilo de vida, la Consagración Religiosa? Aquí tenemos algunos testimonios de jóvenes religiosos que han sabido ver en la Vida Religiosa Consagrada, la acción de Dios en sus vidas, dentro de la búsqueda de trascendencia, pero sobre todo, son personas que consideran que el hacer feliz a los demás, los llena y plenifica de manera totalmente libre y llena de caridad hacia el otro, en una opción de amor.


Como religioso paulino, he querido reunir a jóvenes de diferentes carismas y congregaciones, para que cada uno pueda hablarnos de lo que para él significa, la Vida Religiosa Consagrada.



Alejandro

En este momento histórico, agrupaciones tan antiquísimas e importantes dentro de la Iglesia como lo es la compañía de Jesús, quien vive un momento de transición de gran importancia, también tiene algo que compartirnos, y lo hace con la voz de quien me atrevo a calificar de, poeta, Alejandro Labajos, un joven venido de tierras sureñas que él mismo nos describe con su particular estilo, un tanto filosófico, un tanto poética… en fin, descúbranlo ustedes mismos.


- Somos seres únicos, personas originales e irremplazables, somos caminantes arribados desde muy diversos paisajes y situaciones. Todos, sin embargo, somos convocados a la misma mesa, unificados por el deseo infinito de buscar a Dios y disfrutar de su Reino.


Vengo de una tierra llana, donde se pintan los horizontes sin apenas montañas, verdes las encinas y el sol claro a mediodía. Vuelvo a mis paisajes infantiles, donde la luz era clara y los atardeceres dilatados. Regreso a aquellas sencillas noches en que mis padres me iniciaron con mis hermanos en la oración para confiar el sueño a Dios. Contemplo también aquella tarde, aún niño, en que el Señor me miro compasivo y me hizo gustar su presencia. Desde entonces hasta hoy, nunca he podido dudar de su acompañamiento tierno y cariñoso.


Vinieron los años de escuela, las trastadas y juegos del pueblo, la ternura de la abuela y la misa dominical, los complejos años de la adolescencia y también los primeros amores. También descubrí personas sin paisaje ni memoria. Llegó por casualidad la música y la llamada a cantar con mi vida el Evangelio.


Así me nació la vocación, hecha de vida cotidiana y claridad. Entré en la Compañía de Jesús con apenas 19 años, tierno y sin malear. Siempre acompañado. Me encontré con otros. Nos llamó el Señor también en una tarde y nos hizo compañeros: débiles peregrinos con la mirada puesta en Dios cada día. Cada uno con su paisaje y su atardecer, y un corazón amplio para hacer lugar al Dios encontrado en tantos hermanos y hermanas.


Estoy hecho de testigos y caminantes que trazaron este camino antes que yo. Me sostienen los brazos, como a Moisés, Ignacio de Loyola, peregrino, amigo de Dios, compañero fiel; Frere Roger de Taizé ardiendo en su alma el deseo de comunión y misericordia; Thomas Merton, avanzando hacia Dios a través de muros de piedra; y tantos amigos que no me dejaron dormirme hasta el alba a la espera del Resucitado.


Mi vocación es memoria y agradecimiento, debilidad e indigencia, amistad y reconciliación. Miro a Jesús, siempre sorprendido por haberse fijado en mí aquel día a las cuatro de la tarde, y escucho sus palabras: “mirad los lirios del campo…, permaneced en mi amor…, haced esto en memoria mía,…”


Quiero poner su aceite en las heridas de esta tierra. Quiero que mis hermanos más pequeños estén presentes cada día en la mesa compartida, que es el lugar privilegiado que el Señor Jesús les dio. Quiero que escuchen alguna melodía que refresque su vida y su memoria. Quiero que todos compartamos la común llamada de Cristo a la Vida.


Ante los que lloran el fin de la vida religiosa, los que han sepultado sus voces porque ya no se nos escucha, los que se lamentan ante un horizonte oscuro, a los que dicen que todo está perdido, ¿cómo explicar la esperanza en la vida religiosa? Les presento las historias de mis compañeros jesuitas, de tantos amigos religiosos, las de los pequeños de la tierra que nos cruzamos en el camino; también esta vida mía sencilla y vulnerable, amada y amasada por Dios con cuidado, animada a buscarle en todas las cosas.


Es imposible no reconocer lo agraciados que hemos sido por Dios en medio de este paisaje de originalidad y comunión. Basta mirar atrás, es suficiente posar la mirada en el presente, para tener la certeza de que al final de la vida no habremos cantado el Evangelio en vano.


Mario

Finalmente sólo me queda decir que me llevo un buen sabor de boca, después de descubrir que no soy el único loco que sigue creyendo en la locura de la Cruz de Cristo. Soy Consagrado por amor a Cristo, soy Paulino porque el Señor me ha llamado a serlo, pero sobre todo, soy cristiano, porque he creído que Jesús se ha entregado por mí, antes de que él me llamara.


Comparto el pensamiento y el estilo de vida de estos hermanos y hermanas que han dicho “sí”, y lo han hecho dentro del carisma desde el cual podrán iluminar al mundo; unos como jesuitas, otros como redentoristas, yo como Paulino, pero todos, como Cristianos.

Agradezco sus comentarios y sugerencias:

mario@paulinos.zzn.com

martes, 5 de febrero de 2008

Los jóvenes y la vida religiosa IV

Sussane
Por suerte la vida religiosa no es cosa sólo de hispanoparlantes, la gran tradición católica va más allá de la lengua de nuestros antepasados. Por eso presento a otra elegida de Dios, para andar por las sendas de una vida de entrega:

Hola, me llamo Susanne Kiesewetter. Ya mi nombre descubre que no soy española: soy alemana y vivo en España prácticamente desde que entré en la Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Al principio me causó vergüenza traducir el nombre de mi congregación a mis amigos y conocidos en Alemania – suena bastante mal a gente que no están acostumbrados al lenguaje eclesiástico, y dado que en Alemania no tenemos ninguna casa, tampoco tienen el ejemplo práctico. Así que suelo explicar un poquito lo que significa nuestro nombre: “Esclavas” significa que nos identificamos con el “sí” de María y el “Corazón de Jesús” remite a la importancia que tiene para nosotras la Eucaristía, manifestación de Su amor al extremo, del que queremos dar testimonio en cercanía y sencillez, tal como lo vivió Jesús.

¿Cómo es que me he “metido monja” y además en un país que no es el mío? Desde hace muchos años, la vida religiosa era algo que me interesaba: me fascinaba la radicalidad de los votos, el compromiso por los que sufren, la búsqueda conjunta de Dios. Conocí a algunas personas consagradas cuya hondura, transparencia y anchura de corazón me atraían y que provocaron en mí el deseo de ser como ellas, intuyendo a la vez que lo que me fascinaba brotaba del encuentro con Dios en el silencio de la oración.

Por mi propia forma de ser me parecía que la vida religiosa correspondía con el estilo de vida que más me ayudaba a amar. Hasta hoy, la pregunta “¿Qué forma de vida es la que más me ayuda a amar?” me parece el mejor criterio de discernimiento de “estado de vida”.

Pero claro, sin aterrizar en un camino concreto, tampoco se me podía confirmar si la vida religiosa era realmente “lo mío” o no. Así que me puse a buscar distintas congregaciones en Alemania. Conocí a muchas, y algunas me parecían de verdad admirables, geniales, buenísimas, pero… - siempre había algo que no encajaba. Alguna me resultaba demasiado rígida y sentía que me encogía; en otra el tiempo de oración me parecía demasiado poco; en otra hubiera tenido que dejar por principio de ser profesora y esta elección también había sido algo vocacional. No, el camino no podía ir por allí.

Entonces, se me ocurrió una idea: había conocido años antes, en Argentina, una congregación (a la que pertenezco hoy) que me había enseñado cosas buenas: especialmente me atraía su adoración eucarística y su opción por los pobres. Como es una congregación que no tiene casa en Alemania no pensé entrar en ella, pero ¿por qué no preguntar a esta congregación en España por la posibilidad de hacer durante unos meses una experiencia de vida religiosa? España me pareció un país interesante, mejorar mi español también estaría bien, ciertamente podría aprender de las hermanas y lo más importante: al probar la vida religiosa en un país con un catolicismo más conservador que en Alemania me haría un poco más flexible para encontrar por fin una congregación en Alemania dónde entrar.

Muchos planes y unos cuantos prejuicios (pocas se verificaron), y una “vocación” más de viajera que de religiosa, me llevaron entonces a conocer a la congregación en la que me sentí “en casa y en la que algo – o Alguien – me decía: “éstas son tus hermanas”. Y, aquí estoy: feliz por el regalazo de sentir que esta forma de vida da cauce a los deseos más profundos que creo, Dios ha inscrito en mi corazón: deseo de vivir desde lo hondo, con autenticidad, deseo de poner toda mi vida en juego, de amar y dejarme amar en el encuentro continuo con Dios, un encuentro que se puede vivir en todos los momentos del día – aunque a veces tardo en reconocer al Dios siempre presente.

Agradezco muchísimo nuestro ritmo de vida marcado por la Eucaristía, adoración eucarística, oración personal y el trabajo en educación y pastoral que busca descubrir en cada persona su verdad más honda de ser imagen de Dios, especialmente en los más débiles, en los que más sufren, en los más pequeños. Conociéndome sé que me resultaría mucho más difícil vivir la vida como encuentro con Dios en intensidad si tuviera que marcarme el ritmo a solas.

Es precioso el poder compartir la vida con tanta diversidad de hermanas que siendo cada una “de su padre y de su madre” hemos llegado a compartir lo que nos mueve en lo más hondo de nuestro corazón. Disfruto viviendo en una comunidad internacional que puede dar testimonio de que las diferencias culturales no tienen porque impedir el compartir, el colaborar y la amistad. Gozo de vivir la solidaridad entre las comunidades de distintos países, una solidaridad que es tan difícil de encauzar a nivel internacional. Y sencillamente el gozo de sentirme “en mi salsa”, una “salsa” que siento como mía y a la vez no me deja quedarme estancada, sino que me ayuda a crecer en libertad y amor, en una entrega que se hace servicio y adoración.

¿Invitaría a otros a compartir el mismo estilo de vida al que siento que Dios me ha llamado? Claro que sí. A veces me sorprende lo que piensan otros de la vida religiosa: reacciones como “la pobre”, o: “lo de ser monja debe ser un rollo”. Estos prejuicios concuerdan poco con ver la realidad de tantas hermanas que viven con profundo agradecimiento su propia vocación, que son felices por lo que han podido vivir y lo que pueden seguir viviendo.

Sí, invitaría a otros a compartir este estilo de vida, si es que sienten que les ayuda a realizar en lo concreto su deseo más hondo que les impulsa a ir más allá de sí mismos, a entregarse gratuitamente, a vivir con amor, en amor, por amor; un amor que es regalo de Dios y que incluye a todos los hombres.

lunes, 28 de enero de 2008

Jóvenes y Vida Consagrada III

Miguel Castro

Hemos tenido durante las pasadas semanas, dos testimonios de cómo dedicar la vida entera a llevar el evangelio a aquellos que desconocen a Jesucristo, sin embargo, este ideal es compartido, gracias a Dios, por muchas otras congregaciones cristianas. El siguiente testimonio, nos ayudará a ilustrar algo más de lo que Dios es capaz de hacer en la vida de una persona; misma que ha decidido dar un paso adelante y decirle al Señor ¡Aquí estoy, mándame a mí!


Se trata de un jienense amigo mío, pero qué les parece si mejor dejo que se presente él mismo:

- El testimonio que os voy a contar nada tiene de espectacular, ni de heroico, ni creo que aporte nada nuevo a las muchas experiencias vocacionales que ya estamos acostumbrados a escuchar. Estoy cansado de oír cosas del estilo: “yo era muy feliz antes, lo tenía todo, buenos estudios, buenos amigos con los que hacía botellón, una buena novia, coche y empezaba a ganar un buen sueldo… pero Dios me llamó y lo dejé todo…” Han sido muchas las ocasiones que los jóvenes se han expresado en estos términos para hablar de la radicalidad de su vocación, convirtiéndose en un testimonio prototipo de los jóvenes religiosos de nuestro tiempo. Si eso es así, entonces mi experiencia es la de un religioso joven, y no la de un joven religioso.



Pero antes de seguir narrando esta historia, sería bueno que me presente. Me llamo, mejor dicho, me llaman Miguel, y pertenezco a esa preciosa generación de “los hijos de la Constitución”, así que calculando cuento con 29 años. Soy de Fuerte del Rey, un pequeño pueblo 100% olivarero a 12 Km de Jaén. Hijo y nieto de agricultores, soy agricultor de nacimiento y de corazón, lo cual me hace seguir sembrando cada día las semillas del Evangelio, estando con los pies en la tierra y con los ojos puestos en el cielo.



Allí viví hasta que comencé a estudiar Arquitectura en la Universidad de Granada. Estos años fueron cruciales para madurar la fe y poner en práctica todo aquello que mis padres y catequistas me habían enseñado; pero ahora tendría que hacer mío todo lo recibido. Aunque los “reden” ya eran bien conocidos en casa por mi hermana desde hacía algunos años, fue en Granada donde conocí a los Misioneros Redentoristas. Acabé por incorporarme a los grupos de jóvenes del Santuario de Ntra. Sra. del Perpetuo Socorro. ¿Por qué aquí y no en otras iglesias vecinas? Dos mujeres muy queridas influyeron: una mi hermana que ya estaba en los grupos, y la mucha gente que iba conociendo por medio de ella; la otra Santa María y el amor por la Madre de Dios que desde muy pequeño mis padres me inculcaron.



Allí fui dando pequeños pasos, en grupos de formación, de moral, de voluntariado, de oración de jóvenes, siendo catequista o participando en algunas misiones, una de ellas en mi pueblo por donde los misioneros redentoristas pasaron.



Encuentros y convivencias, especialmente la Misión Joven de El Espino (monasterio del S.XV. en Burgos), donde cada verano se reúne entorno a 200 jóvenes de toda España, fueron momentos para descubrir el amor de Dios en mi vida, la redención y el perdón. Entre los redentoristas se dice que el éxito de esta Misión Joven, es que los mismos jóvenes por su experiencia y testimonio, se convierten en misioneros y evangelizadores para los demás jóvenes. Esta vivencia de una Iglesia viva, misionera, joven, con ganas de seguir adelante y soñar con un mundo y una Iglesia diferente, donde todos tengamos cabida, fue y sigue siendo un estímulo en la vocación que se despertaba en mí.



Y digo “despertaba”, porque estoy convencido que Dios no dejó nunca de llamarme, desde mi más tierna infancia, de hecho de pequeño los amigos ya me llamaban “Miguelito el curica”, y con ocho años le dije a un obispo que yo no sería cura, sino obispo o papa; menudo atrevimiento. Claro que por entonces aún no conocía la vida religiosa, no sabía que era un misionero, ni un fraile, a lo más conocía a alguna “monjita”.



Años más tarde tras una Pascua haciendo el Camino de Santiago me decidí a dar respuesta a algo que hacía tiempo me inquietaba: ¿Dios me quería como Misionero en la Congregación del Santísimo Redentor fundada por San Alfonso para la Evangelización de los abandonados, de los pobres? ¿Sería posible que algún día se hiciese realidad esos sueños de niño, de ser sacerdote, de ser misionero construyendo casitas en algún país del tercer mundo? ¿Cómo sería la vida comunitaria desde dentro?



Por entonces tenía 25 años cuando comencé en la Congregación. Para algunos “vocación tardía”, para mí lo que llegó “tarde” sería más bien mi respuesta, aunque considero que fueron necesarias todas las experiencias anteriores para descubrir el valor de la vocación. Antes era feliz, y ahora lo sigo siendo. Antes tenía unas cosas que me hacían feliz y me realizaban en un proyecto profesional, ahora tengo otras cosas que me realizan en un proyecto de vida junto a Dios.



Cuando hablo con amigos de la vocación misionera, siempre les digo que no hay que tener prisa, que la paciencia todo lo alcanza, también la de Dios con nosotros, que Dios es muy pesado, y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Pero que es necesario responder, que también “este arroz se pasa”. Así que si alguien ve que ha llegado ese momento que lo haga, pues el proyecto de Dios, no se puede detener.



Refiriéndome a los tópicos del principio, concluyo expresando que la Vida Consagrada para mí no significa una pérdida de libertad, ni de felicidad. La Vida Religiosa es haber encontrado el proyecto de Dios para mí, caminar por la felicidad que Dios me ofrece y me capacita para amar desinteresadamente. Poder compartir el amor, en el silencio y en la intimidad mediante un trato familiar con Dios. Poder compartir y crecer en la experiencia redentora en medio de la comunidad. Y poder anunciar la liberación y la salvación que Dios ha obrado por medio de Jesús, nuestro Redentor y Señor en cada persona.

lunes, 21 de enero de 2008

Jóvenes y Vida Consagrada II

Susana Nieves

En la valentía para decir “Sí” en la Vida Religiosa Consagrada, no sólo hay varones, las mujeres nos dan una muestra de verdadera valentía en este campo, por eso Susana Nieves nos da una muestra de ello. Ella es de Madridejos, provincia de Toledo, el corazón de La Mancha. Es Hermana de la Caridad de Santa Ana desde hace ocho años.

Veamos lo que nos dice a cerca de su opción de vida:



- Para mí es una forma de vida entendida desde el Evangelio y el estilo que vivió Jesús de Nazaret. Es una manera vivir que tanto en la sociedad como en la Iglesia se muestra como alternativa. ¿Por qué alternativa?... Personas procedentes de diferentes ámbitos culturales y sociales, -incluso en algunos casos procedentes de otras religiones convertidas al cristianismo-, nos hemos sentido apasionadamente seducidos y seducidas por Jesucristo y el Reino que él anuncia, de tal forma que entendemos y queremos vivir nuestro seguimiento a Jesús desde la fraternidad, desde un proyecto de vida común con otras personas para realizar una misión: toda nuestra vida entregada a favor de los más necesitados desde el servicio por amor y el anuncio del Evangelio a todos los hombres.



Cuando pienso en “mi opción” por este estilo de vida, tendría que cambiar la perspectiva, pues esta opción, en realidad, parte del mismo Señor, aunque ciertamente cada persona tiene en sus manos la respuesta. Es nuestro Dios quien tiene la iniciativa, Él a través del misterio de su Hijo es quien pone la semilla que nos hace sentirnos seducidos por la persona de Jesús, por su vida, por su mensaje. Después de un bello proceso de conocimiento y de encuentro profundo con su misterio me di cuenta que tenía que arriesgarme y aceptar su invitación a seguirle sobre todas las cosas. Ha sido la fuerza de su espíritu -entonces y ahora- quien hizo que me lanzara a esta aventura de seguimiento; es el que me ha ido modelando a lo largo de los años y preparando mi interioridad y toda mi persona para este encuentro, para este camino de discernimiento, para tomar las riendas de esta opción fundamental.



Hace unos años tuve que dar un testimonio de mi vocación y en aquel momento escribía lo que hoy comparto con todos vosotros, con todas vosotras, porque aquellas palabras traducían de alguna manera lo que yo sentía como susurro de nuestro Dios-Abbá; esas palabras son las que cada día resuenan en mi corazón dando razón de mi vocación.



"Has sido creada por mí porque desde siempre he pensado en ti, porque te amo. Has nacido para amar y ser amada, y todos los hombres son tus hermanos, porque también a ellos los he creado, porque también a ellos los amo tanto como a ti.



Os he dado, te he dado, a mi Hijo Jesús; en Él encontrarás el Camino, la Verdad y la Vida en este apasionante paseo que es tu propia y única existencia, tu vida.



Déjate llevar por El, déjate guiar por Él, déjate amar por Él. Sólo así descubrirás que ese amor, mi Amor, colma tu vida, y la vida de cada hombre; transforma todo lo creado, lo más grande y lo más pequeño, lo más hermoso y lo más feo de este mundo que te regalo cada día. Tu misión: ser semilla de esperanza, sobre todo, allí donde el dolor, el sufrimiento, y la opresión, están ocultando mi rostro a tantos hermanos tuyos, pero también alegría compartida en tantos momentos de gozo junto a quienes agradecen la bondad de vivir y dar vida.



Necesito tu respuesta; sin prisas, sin agobios..., pero sin pausas. No lo dejes para mañana.



Sí, te necesito colaboradora incondicional en el anuncio de mi Reino, el Reino del Amor. Si confías en mí, y dejas que mi Hijo Jesús sea el Maestro de tu Vida, la Razón de tu vida, y quien pone a punto tu corazón cada día, serás una mujer llena de vida, vivirás en auténtica verdadera libertad, serás feliz y contribuirás a que tus hermanos también lo sean.



Pero necesito tu respuesta. Confía, arriesga, vive por y para el amor. Vive desde el amor, desde Mi amor...porque esa es tu vocación.



Así, fue como Dios Padre, me dejó fascinada por Jesús y su Evangelio; por esta forma de vivirla en el seno de la Iglesia, y en medio de nuestro mundo.



Aquel susurro se ha ido haciendo clarividencia al paso de los años y hoy muy cerca de dar el “Sí para siempre”, vivo esta vocación con más pasión, con más deseos de permanecer enraizada, amarrada, enteramente hecha para nuestro Dios, que nos quiere hombres y mujeres de esperanza.



La vida en fraternidad con la riqueza de su pluralidad y compartiendo una misma misión en diferentes y múltiples tareas, todas en torno al Señor Jesús, que acompaña nuestra cotidianidad, es motivo suficiente para invitar a otros a conocer esta forma de vida en la iglesia, para mostrar que es posible un modo de vivir bajo otras claves que no son las de “la carne y la sangre”, sino las de la fe y el compromiso que de ella nace.

lunes, 14 de enero de 2008

Jóvenes y vida consagrada

Paco


Encabezando el bloque, presentamos a Paco Egea; él tiene veinticuatro años y hace un año profesó sus primeros votos en la “Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar, actualmente estudia teología en la Universidad Pontificia de Comillas y vive con una comunidad que anima una parroquia en Madrid.


Él mismo nos habla sobre su proceso de discernimiento de su vocación:


- Ante la suerte de crecer en un hogar cristiano, con unos padres que se preocuparon de la educación religiosa de sus hijos, huyendo de cualquier tipo de imposición. Siendo un niño, conocí a mi Congregación a través de una pequeña parroquia que anima en San Fernando (Cádiz), mi ciudad natal. Esto me permitió conocer de cerca la vida que llevaban los hermanos y verlos como “gente normal”, más aún, como personas felices y realizadas.


Más tarde, fue un hermano de la Congregación quien me hizo ver que había otras opciones posibles. Después de un tiempo, opté por la vida religiosa porque estaba convencido de que en ella podía ser feliz, porque podía servir a otras personas y trabajar por el Reino y, ante todo, porque creo que es aquello que el Señor quiere para mí. Esto es lo principal, la piedra sobre la que se construye la casa, lo que me ha sostenido a lo largo de estos tres años.


Es cierto no es mucho tiempo de vida religiosa. Aún me quedan muchas cosas por vivir y descubrir en esto de la vida religiosa consagrada, y quizás necesite toda una vida para hacerlo. Nuestras Constituciones dicen que la consagración consiste en hacer propias las actitudes, opciones y tareas que llevaron a Jesús hasta la cruz, para lo que María se alza como modelo de fe en el Amor… [¡Ahí es nada!] Yo, hasta el momento, siento que no he hecho más que paladear tímidamente este estilo de vida, y es ahora cuando noto que empiezo a degustar cada uno de sus distintos sabores.


Poco a poco voy descubriendo que la vida religiosa tiene un sabor dulce gracias a la vida comunitaria, a la oración y a la Eucaristía. La primera, cuando se cuida, se convierte en un espacio donde compartir tu vida, tus preocupaciones y alegrías; y desde el ser enviado a una misma misión. De esta manera uno nunca se siente solo, sino vinculado a personas a veces muy distintas, ya sea por edad, procedencia o carácter; hombres y mujeres, pues mi Congregación tiene una rama masculina y otra femenina. Todo esto ha dado lugar a una experiencia gozosa que ha hecho que pronto fuese incapaz de entender mi vocación sin la comunidad.


Por supuesto, la oración y la Eucaristía se presentan como lugares privilegiados donde poder descubrir este sabor en la vida religiosa. Si lo fundamental en la llamada está en saber lo que Dios quiere para cada uno, la oración (vocacional y diaria) se presenta como un ingrediente imprescindible, que nutre todo lo demás, y que permite medir la calidad de la respuesta. El modo de oración propio de mi Congregación es la adoración. Ella me sitúa frente al Amor y abre mi corazón a las necesidades del mundo. Celebrar la Eucaristía me ayuda a caer en la cuenta de que es el Señor quien me invita a sentarme a su mesa y abrazar este estilo de vida.


La vida religiosa también debe tener gusto a sal, pues eso está llamado a ser en medio del mundo. A mi alrededor observo a hermanos volcados en tareas pastorales con un ritmo que casi siempre les recorta horas de sueño, otros que en la edad de la jubilación continúan trabajando, sabiendo que aún le quedan muchos años más al pie del cañón. En ellos me fijo para llevar a cabo las tareas que se me encomiendan, porque el trabajo nunca es de uno. Personalmente, vivo el apostolado como una proyección de todo lo anterior, pues sólo se puede dar de lo que se tiene, y lo que yo tengo es lo que Dios me regala a través de la comunidad, la oración y la Eucaristía.


Pero, a pesar de todo esto, la vida religiosa a veces puede tener un sabor un tanto amargo. Las limitaciones y debilidades -ya sean personales, del que está al lado o congregacionales-, así como las situaciones de injusticia o de dolor con las que uno puede encontrarse, no suelen dejar un buen sabor de boca y fácilmente producen rechazo y deseos de abandono. Mi experiencia me dice que es necesario aprender a aceptar estas imperfecciones, dejar que toquen el corazón y presentárselas al Señor, entrando en una dinámica pascual que transforme lo amargo en dulce.


Estos han sido, descritos a grandes rasgos, los elementos que han marcado mi experiencia de vida religiosa, por la que doy gracias a Dios. Pero a pesar de conformar un delicioso menú, la vida religiosa no entra dentro de una oferta de comida rápida, que, por desgracia, es lo que hoy se impone dentro del mundo de las opciones personales. Por suerte sigue habiendo gente que busca algo más. Sólo deben dejarse sorprender por ella, y después tener un poco de paciencia mientras se educa el paladar. Entonces podrán disfrutar de un banquete toda la vida. Yo ya lo hago.